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Lo que viene a continuación estaba destinado a ser el comienzo para “La causa y la prevención de la revolución” y se presenta aquí por primera vez .

VOCES FUERTES EN LA TIERRA - ALREDEDOR DE 1970



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uando las cosas no van bien, cuando el público, incapaz de percibir por qué, deriva, cayendo hasta una apatía por debajo de la percepción, cuando una cultura, ya descaminada, deriva más y más hacia la ruina, la nación es realmente afortunada de tener hombres con genio para reconocer la fatalidad que se aproxima y el coraje para hablar en voz alta.

     Combatidos, vilipendiados, insultados por un sistema ciego en manos de una élite de poder indiferente a todos los destinos salvo a su propia duración efímera, a los filósofos contemporáneos se les llama “revolucionarios”, “comunistas”, “agitadores”, “disidentes”, “provocadores de la chusma” y cualquier otra palabra severa que la prensa cautiva y el establishment pomposo, arrogante y ciego puedan encontrar en sus diccionarios.

     Negligentes, sordos a toda razón, psicóticos acerca de su rectitud moral, los “pilares de la sociedad”, los “hombres prudentes”, como los traidores moruecos del aprisco, que guían a las ovejas al redil de la matanza, se rehúsan a oír las más tenues críticas de su insensatez, y contraatacan con una ferocidad taimada que trata de acallar todos y cada uno de los pensamientos nuevos por cualquier medio desacreditador.

     Con todo, se debería advertir a la nación. Cuando los tiempos decaen y la marcha fúnebre para el sistema puede escucharse, todavía tenuemente, pero haciéndose cada vez más fuerte, hay voces fuertes en la tierra.

     El sistema, el establishment, el gobierno –llámalo como quieras– es algo que ha acaparado para sí toda la rectitud moral egoísta de décadas. Es una acumulación de ayeres y el heredero de todos los errores, soluciones y equivocaciones oportunistas de otra época.

     Los hombres entran en él al nacer para, sin pensar, mantener la “tradición” (y privilegios) de sus líderes. Los hombres mueren al salir de él: nombres venerados en lápidas y en los letreros de calles de las ciudades, cuya fama no fue notable por nada, sino por su estúpida y obstinada devoción a un gobierno de la mayoría por la minoría y para el provecho de la camarilla.

     Las posesiones y recursos del estado en una “democracia” regulada por partidos se convierten en un premio que gana el vencedor de una elección a intervalos definidos. La victoria política es una oportunidad para disfrutar de “el botín de los vencedores” durante un período determinado. El sistema es una prostituta cuyos favores gana algún nuevo funcionario por “elección popular”. Pero de alguna forma, cada ganador es simplemente un miembro de la misma maquinaria.

     Con tal de que esto sea provechoso para la élite del poder, ¿a quién le preocupa qué consecuencias se acumulen? El “siguiente régimen puede ocuparse de ellas”. Basta simplemente con que se perpetúe el sistema y los ocupantes actuales de los despachos puedan asegurar favores para sí mismos y para sus amigos.

     Tanto si se tiene una monarquía, como una aristocracia, una oligarquía, una república o una dictadura militar, la pauta se vuelve la misma.

     Un sistema se establece mediante engaños, falsas promesas o fuerza, normalmente ante un peligro para el estado por parte de una amenaza externa, real o imaginaria. Toma forma. Se endurece. Deja de servir. Se hace evasivo. Deja de escuchar a cualquier voz excepto la suya, y sólo cree en lo que sirve al provecho a corto plazo de sus líderes y sus amigos. Tiraniza. Comienza a morir bajo el peso de decisiones oportunistas y crímenes sin sentido.

Voces fuertes en la tierra continúa...



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