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Cuando un gobierno muestra un ejemplo público flagrante de atacar a gente decente por ningún crimen, como en el caso de la Iglesia de Scientology, y cuando es obvio que tal ataque es bajo la influencia de un símbolo de terror bañado en sangre como el psiquiatra, el sentimiento de seguridad del hombre racional recibe una clara sacudida.
El tiempo pasa. Alguna fuerza insurgente susurra ese gobierno no es bueno. Puede que el ciudadano medio no se una. Sólo asiente para sí en silencio: Lo sabemos.
El tiempo pasa. Se levantan revolucionarios con una nueva causa.
Las ametralladoras comienzan a disparar en las calles. El ejército de reclutados a la fuerza se aleja lentamente y en silencio.
El gobierno grita: ¡Ciudadanos! ¡Levantaos! ¡Repeled al invasor!.
Y a cambio, reciben una sonrisa cínica, si bien oculta.
Así que la nación cae. Los altos cargos del gobierno son despedazados por la muchedumbre.
¿Por qué? Porque dejaron que el patriotismo fuera aniquilado por los miles, los millones de acusaciones falsas, por hacer oídos sordos a las súplicas por los derechos humanos, por hacer caso omiso de las injusticias debido a la arrogancia o al desprecio.
No es por nada que se acuñara la frase una causa justa. No merece la pena luchar por ninguna causa a menos que incluya justicia para todos.
___________________ En la Iglesia de Scientology estamos intentando ayudar a impedir el colapso de la civilización Occidental.
Nosotros mismos hemos sido maltratados seriamente y oprimidos durante dos décadas de acusación en falso a manos de un enemigo tan salpicado en sangre que parece un vampiro más que un hombre.
Nuestros estudios han sacado a la luz crímenes e injusticias en contra de las poblaciones de las naciones de Occidente, suficientes para condenar a muchos de la mejor gente si alguna vez fueran juzgados en un tribunal bajo el Código de Nuremberg.
No somos débiles. No carecemos de poder. Sumamos millones. Pero nuestra fuerza principal es que somos gente decente con el más alto respeto por la ley y el orden.
Cuando mienten sobre nosotros y se nos proscribe, y vemos a los gobiernos que nos atacan dejar a los que nos acusan, que son condonados por los crímenes más atroces, salir libres, entonces sabemos lo tarde que es.
Hemos puesto en orden nuestros propios asuntos en cuanto a justicia imparcial.
No estamos pensando en nosotros mismos. Estamos oprimidos, pero somos vitales.
Para nosotros, estos son sólo síntomas de una sociedad que, a menos que sea reformada, morirá.
Estamos emprendiendo con determinación la difícil tarea de hacer que la sociedad caiga en la cuenta, hacer que reforme sus procesos legales de una manera justa y equitativa para que una vez más los hombres de Occidente puedan decir que luchan por una causa justa.
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L. Ronald Hubbard
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