SOBRE LA JUSTICIAY LA JURISPRUDENCIA


A
l tratar el estado de la justicia en Occidente en 1969, L. Ronald Hubbard avanza una vez más hacia un terreno histórico altamente significativo. Por ejemplo, el entonces Procurador General de los Estados Unidos –y por tanto, jefe del Departamento de Justicia de los Estados Unidos– era ni más ni menos que el cómplice del Watergate: John N. Mitchell. Entre otras flagrantes actividades injustas conducidas en nombre de quien lo nombrara, Richard Nixon, se encontraban las conversaciones secretas de Mitchell con la International Telephone and Telegraph (Internacional de Teléfonos y Telégrafos), conocida normalmente como ITT. En breve y de manera muy franca: a cambio de una contribución de ITT de una cifra de seis dígitos para la campaña presidencial de Nixon, Mitchel convenientemente hizo a un lado un bloqueo del Departamento de Justicia de una adquisición corporativa de la ITT. Luego, una vez más, tenemos la ocupación del cargo por parte de Mitchell como Coordinador de Tácticas para Imponer la Ley, lo que incluía la dirección de los Guardias Nacionales blandiendo porras antidisturbios para dispersar manifestaciones antibelicistas, la recomendación de la intervención ilegal de las líneas telefónicas en disidentes políticos sospechosos y mucho más relacionado con lo que se describió como “el derecho del gobierno... para pisotear el derecho a la intimidad de los individuos”.
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     Pertinente a las observaciones de LRH sobre los lazos entre la psiquiatría y la desatinada justicia, los lectores deben notar que efectivamente comenzó una intrusión psiquiátrica en el sistema judicial de Occidente, con gente como los doctores Winfred Overholsers y Zigmond Lebensohn: ambos antiguos enemigos de Dianética y Scientology y proponentes durante mucho tiempo de una mayor presencia psiquiátrica dentro del proceso de gobierno. Es decir, mientras Overhorsel cabildeaba para que se diera una explicación psiquiátrica de que la criminalidad procedía de un “impulso irresistible”, Lebensohn escribía artículos elogiando la “relación simbiótica entre la psiquiatría soviética y las leyes soviéticas”, donde los transgresores eran comúnmente entregados a los psiquiatras para recibir tratamiento. Ese tratamiento soviético que frecuentemente implicaba las peores formas de cirugía psiquiátrica y de medicación con camisas de fuerza, no figuraba, claro está, en los argumentos de Lebensohn.

     Finalmente, ninguna discusión de la justicia norteamericana de alrededor de 1969 está completa sin hacer mención de ese arquetipo de hombre-G* que es J. Edgar Hoover. Como lo sugiere LRH –y una vez más lo escribe con bastante anticipación a las revelaciones públicas y con bastante adelanto a la crítica posterior de Hoover– Hoover finalmente demostró por sí solo estar entre las más siniestras figuras de la historia norteamericana. Además de los treinta y tantos años de chantaje político –de hecho, compiló dossiers que incriminaban a presidentes de los Estados Unidos– de forma regular instruyó agentes para que violaran las leyes de la nación. Por citar otro ejemplo pertinente, y que ni siquiera se descubrió hasta la década de 1990: bajo un programa de Hoover conocido como Cominfil (de “infiltración comunista”), agentes del Buró Federal de Investigación habitualmente dirigieron las infiltraciones y la estrecha vigilancia continua de varios cientos de organizaciones civiles y religiosas de los Estados Unidos, incluyendo definitivamente Dianética y Scientology. En esencia, la estratagema se conducía de la siguiente forma: primero, y por lo general de manera encubierta, un agente informaba a la organización blanco que ciertos miembros sin mencionar eran probablemente infiltrados comunistas. Entonces, cuando los líderes de esa organización lógicamente solicitaban ayuda para deshacerse de esos supuestos comunistas, el Buró solicitaba, con la misma lógica, listas de los afiliados y manos libres para hacer una investigación concienzuda. Asimismo, gradualmente, el Buró fue acumulando con éxito archivos sobre prácticamente cada ciudadano que Hoover había considerado como “anti-americano”, lo que en esencia quería decir “cualquiera que tendiera a oponerse a lo que Hoover personificaba como un verdadero poder fascista”. De esta manera el Buró gradualmente tuvo éxito en la destrucción de todas las organizaciones elegidas como blanco; excepto, por supuesto, Dianética y Cienciología.

     Que se conozca ahora que el propio Hoover tenía inclinaciones secretas a vestirse con ropa de mujer (medias de nilón y todo) era otro asunto completamente.



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