SOBRE LA SUBVERSIÓN PSIQUIÁTRICA


A
l discutir la fuente fundamental de la decadencia
del siglo XX, LRH alude a una historia muy siniestra y enmarañada de la psiquiatría. Por citar algunos reveladores episodios: Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y de la penetración de la psiquiatría en los círculos militares de los aliados bajo el lema de “condicionamiento de combate”, el coronel británico y jefe de psiquiatría de la clínica de experimentación de Tavistock, John Rawlings Rees, entregó este mensaje crucial a sus colegas:

     “Hemos asestado un buen golpe a varias profesiones. Las dos más fáciles son naturalmente la profesión de la enseñanza y el clero: las dos más difíciles son el derecho y la medicina. ...Si vamos a infiltrarnos en las actividades profesionales y sociales de otra gente, pienso que debemos imitar a los totalitaristas y organizar algún tipo de actividad de ¡quinta columna! Seamos todos, pues, ‘quinto columnistas* muy en secreto”.

[Imagen]
     Para citar la siguiente maniobra crítica: Habiendo dedicado una provechosa guerra al asesoramiento de los militares aliados sobre la destrucción de la moral del enemigo (y tras su reciente regreso de lugares donde se hicieron los primeros experimentos sobre guerra biológica), el general del ejército canadiense y co-fundador de la Federación Mundial de Salud Mental, Brock Chisholm añadió esto de forma efectiva al Plan “Quinta Columna” de Rees:

     “La reinterpretación y, finalmente, la erradicación de los conceptos de lo correcto y lo incorrecto”, declaró, era el objetivo clave de “prácticamente toda la psicoterapia efectiva”.

     Finalmente, y recordando el empuje combinado de ambos mensajes, el de Rees y el de Chisholm, llegamos inevitablemente a lo que se ha llamado el Decreto de Salud Mental de Alaska; aunque se recuerda mejor hoy en día como el Proyecto de ley de Siberia. Prolongación final del esfuerzo de una década de psiquiatría para simplificar los procedimientos de internación, el proyecto de ley exigía específicamente el establecimiento de un remoto centro de salud mental en Alaska y medios drásticamente más perfeccionados para encarcelar a los internados: de ahí el nombre del Proyecto de ley de Siberia, para evocar precisamente lo que el plan incluía; es decir, un Gulag norteamericano. Descrito al final por el Juez del Tribunal Superior, Joseph M. Call, como la representación del “gobierno totalitario en su esplendor”, el Proyecto de ley proponía que “cualquier funcionario de salud, de asistencia social o de la policía que tuviese motivo para creer que un individuo estaba mentalmente enfermo y, por lo tanto, probablemente se dañara a sí mismo o a otros si no se le aprehendiera de inmediato”, podía transportar a ese individuo a un hospital mental para evaluación profesional. Ahí, “el prisionero” podía estar confinado durante cinco días o, si se le juzgaba mentalmente incompetente, “por el resto de su vida natural”. No se requería de una declaración de la causa probable, no era necesario emitir una orden judicial, y tampoco una audiencia. Además, mientras la prensa norteamericana dormía profundamente y el gran público estaba totalmente ajeno a esto, los artífices de este proyecto de ley gozaron de un camino despejado y directo hacia los yermos de Alaska... o por lo menos hasta que LRH y sus compañeros Cienciólogos se enteraron del asunto.

Sobre la subversión psiquiátrica continúa...



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